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La voz que manda en el recinto: secretos de la megafonía que casi nadie escucha

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La voz que manda en el recinto: secretos de la megafonía que casi nadie escucha

Photo: festival promoter speaking into microphone backstage PA system, via www.wowme.events

Hay una voz que casi nadie recuerda al día siguiente, pero que todos obedecen cuando importa. No es la del artista, ni la del público coreando un estribillo. Es la que sale de los altavoces a las cuatro de la madrugada, cuando el público espera al siguiente concierto y alguien ha perdido a su hermano pequeño frente al escenario dos. La megafonía de un festival es un idioma propio, y quienes lo hablan tienen mucho que contar.

El guion que no existe

Preguntamos a varios responsables de comunicación de festivales andaluces si tienen un manual. La respuesta es siempre la misma: risas y una negación. «Tienes el guion de emergencia, sí, lo firma el director de seguridad. Pero el resto lo inventas tú en el momento», nos confiesa una locutora que lleva nueve veranos con el micrófono en la mano en recintos de Málaga y Cádiz.

Esa improvisación tiene reglas invisibles. Nunca se dice « evacuación » sin antes respirar. Nunca se anuncia la lluvia con la palabra «tormenta» si se puede evitar. Y jamás, jamás, se lee un aviso de pérdida con humor si quien busca es un niño. «El tono lo es todo. La misma frase puede tranquilizar o sembrar el pánico», explica. La diferencia entre «se ha detenido el concierto por motivos técnicos» y «tenemos un problema» puede valer una noche entera.

Anécdotas del micrófono abierto

Los archivos de estas voces anónimas son un género literario en sí mismo. Hay quien ha tenido que anunciar por megafonía que «la cabra del cortijo vecino no es del recinto y por favor no la alimenten». Hay quien ha buscado durante veinte minutos a «Paco el de las croquetas, que tiene las llaves de la furgo y está en algún sitio entre el escenario y las duchas». Y hay quien ha tenido que recordar, con toda la seriedad del mundo, que las tórtolas que anidan en la higuera junto al escenario principal no forman parte del espectáculo de luces.

Pero también hay avisos que se quedan grabados a fuego. Una responsable de un festival de la sierra gaditana recuerda la noche en que el viento de poniente obligó a reubicar media cartelería y reorganizar tres escenarios en hora y media. «Dije cuatro frases. Cuatro. Y 25.000 personas se movieron sin rechistar. Es la cosa más parecida al poder que he sentido nunca, y no pienso repetirlo en mi vida».

Cuando la voz salva la noche

El verano andaluz tiene su propia meteorología, y los recintos al aire libre lo saben bien. Las tormentas secas del interior, la calima que llega del Sahara, el chubasco inesperado en la costa: cada fenómeno tiene su protocolo y su forma de decirse. Los profesionales de la megafonía aprenden a calibrar cada palabra porque saben que su voz es, en la práctica, el primer instrumento de seguridad del recinto.

«Si digo que hay que retirarse a las zonas cubiertas, tengo que sonar aburrida. Si sueno nerviosa, se montan ellos solos», nos cuenta otra locutora. En un festival grande, una frase mal dicha puede desencadenar una estampida; una frase bien dicha puede convertir una emergencia en un simple cambio de planes. No es casualidad que muchos de estos locutores tengan formación en emergencias, y no en radio.

El idioma del aire, en definitiva

Hay algo profundamente andaluz en todo esto: la capacidad de comunicar mucho con poco, de sostener la calma de una multitud con una voz serena y un toque de gracia. La megafonía de nuestros festivales es un oficio invisibilizado, un oficio de madrugada y de segundas intenciones, donde el mejor trabajo es aquel que nadie recuerda haber escuchado.

Así que la próxima vez que estés en el foso esperando al siguiente concierto y una voz te indique dónde está el punto de encuentro de objetos perdidos, escúchala un momento. Detrás de esa voz hay alguien decidiendo, frase a frase, cómo va a ser tu noche. Y si suena tranquila, es porque lo ha hecho muy bien.

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