El algoritmo entra en la sala de reuniones: quién firma de verdad los carteles de los festivales del sur
Photo: Navya Shetty, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay un momento, en las reuniones de programación de cualquier festival que se precie, en el que alguien abre el portátil y todo se calla. Ya no se discute por gusto, se discute por cifras: oyentes mensuales, retención en TikTok, cuántos Shazams levanta ese estribillo en Granada capital. Hemos hablado con varias personas que llevan años cerrando carteles en Andalucía y todas, con más o menos incomodidad, reconocen lo mismo: el algoritmo se ha sentado a la mesa.
El Excel que manda
"Antes peleábamos por fichar a la banda que nos volaba la cabeza", nos cuenta un programador de un festival mediano de la provincia de Sevilla, que prefiere no dar su nombre. "Ahora el primer filtro es el dashboard. Si el artista no tiene reproducciones, tienes que defenderlo a pulso, y no siempre ganas". Ese es el momento incómodo del que todos hablan: el de sacrificar en la pizarra a un artista que admiras porque los datos dicen que no vende. "He dejado fuera a grupos que me parecían enormes por no tener ni diez mil oyentes al mes. Y al año siguiente los veía en las listas preguntándome qué hice mal".
La lógica es comprensible. Un cartel de festival se juega entre 70 y 90 por ciento de su presupuesto en cachets, y los patrocinadores quieren garantías. Las plataformas de streaming ofrecen algo que el olfato ya no puede dar: certeza aparente. Si un tema lleva tres semanas sonando en las discotecas de la ruta del botellón o en los Reels de media Andalucía, el riesgo baja.
TikTok, el nuevo A&R del sur
Los managers lo saben y actúan en consecuencia. Hay artistas que ya diseñan canciones pensando en el fragmento de 15 segundos que se puede viralizar, y hay agencias que venden directamente así: "este artista tiene un sonido orgánico en TikTok en tu región". La expresión, literal, existe. Para un festival pequeño que no puede permitirse un error, es difícil decir que no a esa seguridad.
El resultado es ambiguo. Por un lado, ha abierto puertas: artistas de Cádiz, Almería o Jaén que hace una década dependían de una radiadora o de un programador con buen oído ahora pueden colarse en los carteles con un viral. La democracia algorítmica, en teoría, reparte. "He fichado a gente que descubrí porque el algoritmo me la puso delante, no porque la conociera", admite otro programador, esta vez de un festival de interior. "Eso antes era impensable".
¿Más diversidad o más uniformidad?
Pero ahí está la trampa. Si todos los programadores miran las mismas métricas, todos acaban fichando a los mismos nombres. El cartel medio del sur tiende a parecerse cada vez más a sí mismo: los mismos tres virales, el mismo headliner de turno, la misma promesa de "el concierto que llevabas años esperando". La diversidad de origen se compensa con una uniformidad de resultado. Cuando el dato decide, el dato también nivela.
Y hay algo más sutil: el directo no siempre premia al streaming. Hay artistas con millones de reproducciones que vacían el foso en quince minutos, y bandas modestas que convierten un concierto de mediodía en el recuerdo del fin de semana. Los datos miden escucha, no presencia. Un festival, al final, es un acontecimiento físico, y ahí el algoritmo todavía ve a trompicones.
Lo que se resiste
Aun así, no todo está perdido. Los programadores con más carácter siguen reservando una franja del cartel, la más pequeña, para lo que ellos llaman "apuestas": artistas sin métricas pero con oficio, que salen baratos y pueden sorprender. Es la zona de riesgo, la que no aparece en ningún dashboard. Muchos festivales grandes ya no se la pueden permitir; los medianos del sur, de momento, sí.
La pregunta que queda en el aire es hasta dónde vamos a dejar que decidan los números. Porque si el cartel es exactamente lo que ya escuchas en tu playlist, ir al festival deja de ser descubrir y pasa a ser confirmar. Y confirmarse a uno mismo, con el sol de poniente encima y una cerveza en la mano, es bastante menos emocionante que equivocarse con una banda que no conocías de nada. Los que programan deberían recordarlo antes de abrir el portátil.