La nevera no suena: lo que te cuesta de verdad una noche de copas frente a una entrada de festival
Photo by Photo by Joshua Aguilar on Unsplash on Unsplash
Vamos a hablar de un taboo que nadie quiere nombrar en la sobremesa del domingo: cuánto te has dejado la última vez que saliste de cañas y copas por tu ciudad. Porque entre la generación de la playlist infinita y el streaming por cuatro euros al mes, hay un número que duele más que cualquier resaca: el de la cuenta del bar.
La aritmética del botellón urbano
Cojamos un sábado cualquiera en Sevilla. Empiezas con una cerveza en la Alameda a las 22:00 —2,50 euros—, sigues con una tanda en el centro —entre 9 y 12 euros con su cubierto, si es que te lo ponen—, un chupito que alguien propone y tú pagas —2 euros—, otro cubata de madrugada —11 euros— y, para rematar, el taxi o eluber hasta casa porque el metro hace tiempo que durmió: otros 10 euros. Total: entre 35 y 40 euros por una noche en la que has escuchado, a lo sumo, la misma playlist de reggaetón en tres bares distintos.
En Málaga la historia no cambia mucho: la zona de copas del Soho o la Malagueta juega en la misma liga de precios, y en Granada, donde la tapa aún salva algo de la noche, la tanda de la Pedro Antonio de Alarcón te deja fácil en los 30 euros. Y eso hablando de un sábado estándar. Mete un puente, unas fiestas o un cumpleaños y la factura escala sin freno.
Ahora pongamos la entrada de festival al lado
Coge cualquier abono de día de los grandes festivales andaluces de este verano: nos movemos en horquillas de 40 a 70 euros por jornada, según anticipación y categoría. Sí, parece una barbaridad escrito en una pantalla. Pero metamos en la calculadora lo que incluye: entre 10 y 15 conciertos en vivo, sonido profesional, luces, producción, un recinto con ambiente, y la posibilidad de ver a esos grupos que llevas años escuchando por altavoces de móvil.
¿Cuántas tandas de bares necesitarías para ver esa misma cantidad de directos por tu cuenta? Haz la cuenta: si cada concierto en sala te cuesta entre 15 y 25 euros más consumición, ver diez artistas en directo en una temporada te rondaría los 200 euros, sin contar desplazamientos. El festival, visto así, no es un capricho: es un chollo con taquilla propia.
El truco está en la estrategia
Aquí viene el consejo de quien lleva demasiados veranos contando céntimos entre escenario y escenario. Primero: entra en el primer cupo de entradas, que suele ser entre un 30 y un 40% más barato que el precio en puerta. Segundo: comparte abono de transporte y alojamiento con la pandilla —un coche de cuatro personas repartido sale por menos que dos taxis urbanos—. Tercero: muchos recientos permiten entrar con botella de agua, y la cena antes de entrar sigue siendo la jugada más rentable del juego.
Y si el presupuesto aprieta de verdad, la entrada de día de domingo suele ser la más económica del cartel, y a menudo esconde los conciertos más memorables, sin las colas del sábado.
No es más caro, es que se ve distinto
La pregunta de fondo no es si el festival es caro, sino qué compramos cuando pagamos. La noche de copas se evapora: quedan una foto borrosa y un cargo en la tarjeta que tardarás días en mirar. La entrada de festival compra recuerdos con nombre y apellido: ese estribillo cantado a pleno pulmón, ese grupo que descubriste por casualidad en un escenario pequeño a las seis de la tarde.
El streaming nos acostumbró a que la música cuesta casi nada. Pero la música en vivo, la que se siente en el pecho y en el suelo del recinto, tiene un precio que, puesto al lado de la tanda de siempre, resulta hasta razonable. La nevera, al fin y al cabo, se vacía. Los conciertos se quedan.
Así que la próxima vez que alguien te diga que el festival es un gasto, enséñale el extracto de su último sábado por la ciudad. Nosotros ya hemos hecho las cuentas: el sur suena mejor —y cuesta menos— con pulsera en la muñeca.