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La camiseta que lo cuenta todo: anatomía del merch festivalero que se hereda como un talismán

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La camiseta que lo cuenta todo: anatomía del merch festivalero que se hereda como un talismán

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Hay un momento, siempre el mismo, que ocurre en todos los recintos festivaleros de Andalucía. El sol empieza a caer, la primera banda de la jornada suena a lo lejos, y de pronto el campo se llena de camisetas idénticas. Negras con el logo del cartel, ocre con el dibujo del cartel, verde botella con el nombre del cartel en tipografía vintage. No es casualidad: es que media gente ha pasado por la tienda del recinto antes de la primera caña. El merch festivalero no es merchandising. Es un uniforme. Y como todo uniforme, dice mucho de quien lo lleva.

La camiseta como documento histórico

Pregúntale a cualquiera que lleve diez veranos pillando festivales por el sur y te enseñará —literalmente, te lo enseñará, te lo sacará del cajón si hace falta— la camiseta de su primer festival. Está desteñida, tiene un agujero en la manga y le queda dos tallas más grande que cuando la compró. No la tira ni bajo tortura.

"Es que esa camiseta es el año que me fui sola por primera vez", nos contaba Marta, una asidua de los festivales de Cádiz y Sevilla que confiesa tener más de veinte droles colgados de la correa de su mochila. "Mi madre la iba a tirar el año pasado. Casi la deshereda".

Y es que el merch funciona como un álbum de fotos que se lleva puesto. Cada prenda marca un año, un cartel, un grupo de amigos que quizá ya solo se vea en el recinto pero que sigue viéndose cada verano porque hay una cita inamovible. En muchas familias andaluzas el ritual ya se ha transmitido a la siguiente generación: hay padres que les pasan a sus hijos las camisetas de ediciones de hace quince años, y hay quien las enmarca en el salón como si fueran un cuadro de la Zaida.

El coleccionista de pulseras: una especie en extinción (o no)

Antes de que la pulsera identificativa fuera un trozo de plástico con QR, era —y sigue siendo, para muchos— un trofeo. Hay quien no corta la pulsera al acabar el festival. La lleva puesta semanas, meses, hasta que se rompe sola. Otros las acumulan en un frasco, en una caja de zapatos o trenzadas en el retrovisor del coche, creando una pequeña cronología de veranos.

"Tengo una pulsera de cada año desde 2016", nos decía Fran, que viaja desde Jaén a casi todos los grandes carteles de Andalucía. "Cuando me las pongo todas juntas parezco un escarabajo, pero me da igual. Es mi currículum festivalero".

Los droles, esas medallas de tela que se canjean a cambio de la pulsera, han generado su propio submundo de coleccionismo: hay quien los intercambia, quien compra ediciones de años anteriores en aplicaciones de segunda mano y quien ha llegado a pelearse (amistosamente, más o menos) por conseguir el diseño limitado de la edición aniversario. Si te suena exagerado, piensa en los cromos de tu infancia. Es exactamente lo mismo, pero con más sudor y mejores conciertos.

Qué comprar en el recinto y qué mejor dejar para la web

Dicho todo esto, toca la parte práctica, porque el merch también es negocio y hay que saber moverse. Después de años de ver precios, colas y arrepentimientos, esta es nuestra guía de supervivencia merchandilera:

Compra en el recinto si:

Deja para la web oficial si:

Del recinto al armario: la vida posterior del merch

Lo curioso del merch festivalero es que su segunda vida dura más que el festival. La camiseta del cartel del año pasado se convierte en pijama, luego en camiseta de gimnasio, y un día la ves en la foto de perfil de tu hermano y entiendes que ya es parte de la familia. Hay quien hace mantas con las camisetas viejas, hay quien las enmarca y hay quien simplemente las lleva con orgullo por el barrio de Triana o por el centro de Granada, mucho después de que el último acorde se haya apagado.

Al final, la pregunta no es si comprar merch o no comprarlo. La pregunta es qué historia quieres contar con esa tela. Y si el año que viene, cuando alguien te pare en la cola del bar y te diga "¿esta camiseta es de aquella edición?", puedas contestar "sí, y te voy a contar la que liamos". Porque eso, exactamente eso, es lo que vende una camiseta de festival: no es algodón, es memoria.

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