Monitores, manzanilla y peticiones imposibles: así suena una prueba de sonido antes del gran show
Photo: Lunchbox LP, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Son las cinco de la tarde en un recinto a las afueras de Sevilla. El sol todavía castiga, las carpas de comida están a medio montar y en el escenario grande hay un tipo con camiseta negra que lleva veinte minutos repitiendo la misma frase: «Un poco más de voz en mi monitor, por favor». Bienvenido a la prueba de sonido, ese ritual que nadie ve y del que depende, en gran parte, que el concierto de esta noche sea memorable o un desastre.
La sala de máquinas del directo
La prueba de sonido —o soundcheck, para los que presumen de anglicismos— es básicamente el ensayo general. El técnico de sonido y la banda se ponen de acuerdo sobre cómo va a sonar todo: niveles de cada instrumento, mezclas de monitores, ecualización de la sala. Un proceso que, en festivales con programación apretada, se resuelve en 30 o 40 minutos a veces. Y ojo, porque ahí está el mérito: montar un directo sólido en ese tiempo es casi un arte.
Hemos podido colarnos en varias de estas pruebas este verano, desde recintos gaditanos hasta escenarios almerienses, y te contamos lo que hemos visto.
Nervios de primera fila
Lo primero que sorprende es que los artistas también tienen miedo. Sí, los mismos que después parten el foso ante miles de personas. Un cantante de una banda emergente de la escena granadina nos confesaba, con la guitarra todavía desafinada, que «la prueba es el momento de la verdad. En el furgón vas sobrao, pero cuando pisas el escenario y suena tu voz por esos altavoces gigantes, se te pasa por la cabeza todo».
Otros, los más curtidos, lo llevan con chulería andaluza: llegan tarde, prueban dos canciones y se van a tomar algo a la sombra. «Si ensayas mucho, luego no suena espontáneo», justificaba el vocalista de un grupo cordobés con sonrisa cómplice.
El rider: entre lo razonable y lo rocambolesco
Y luego está el famoso rider, esa lista de peticiones que cada artista entrega a la organización. Agua a temperatura ambiente, toallas, fruta cortada... eso es lo normal. Pero hay peticiones que se salen del guion: una botella de fino de la tierra, tés concretos que no existen en el supermercado del pueblo de al lado, o el clásico que pide «que el aire acondicionado del camerino no haga ruido porque no duerme nadie».
Los responsables de producción de los festivales del sur nos cuentan que lo peor no son las peticiones extravagantes, sino las cancelaciones de última hora y los cambios de horario que obligan a rehacer la prueba en veinte minutos. «El direct es improvisación, pero la prueba no puede serlo. Si la prueba va mal, el concierto lo nota», nos resume un técnico con más de quince festivales a sus espaldas.
El momento en que todo encaja
Hay un instante mágico en cada prueba de sonido. Suele llegar hacia el minuto veinte, cuando la banda arranca una canción completa y, de repente, todo suena como tiene que sonar. El técnico sonríe detrás de la mesa, el bajista asiente y alguien del público que se ha colado en el recinto graba con el móvil sin saber que está viendo el ensayo de lo que será el momento más compartido de la noche.
Ese es el secreto que nadie cuenta: los 60 minutos que luego parecen mágicos al público se cocinan en una hora de ajustes, malentendidos y alguna que otra discusión por el volumen de la batería. La próxima vez que estés en el foso esperando a tu artista favorito, acuérdate de la gente que llevaba horas detrás del escenario afinando cada detalle.
Porque el directo no empieza cuando se apagan las luces. Empieza mucho antes, con calor, cansancio y un técnico repitiendo por enésima vez: «¿Ahora sí me oyes bien?».