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Antes de la primera nota: las 48 horas de trabajo brutal que nadie ve tras el escenario

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Antes de la primera nota: las 48 horas de trabajo brutal que nadie ve tras el escenario

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Son las siete de la mañana en un descampado a las afueras de una localidad andaluza que dentro de 48 horas aparecerá en todos los stories. Ahora mismo no hay nada. Ni escenarios, ni vallas, ni barras. Solo olivas al fondo, un terreno aplastado por el calor y un señor con un walkie-talkie en el cuello señalando dónde debe aparcar el primer tráiler. Ese señor, que responde al nombre de Manolo y al cargo de coordinador de producción, es la primera pieza de una maquinaria que casi nadie ve pero de la que depende todo.

El campo vacío y el primer tráiler

Lo primero que llega no son los escenarios. Son los sanitarios. Vaya decepción, sí, pero así es: antes que cualquier estructura, el recinto necesita sus mil y piquete retretes químicos, sus puntos de agua y su red eléctrica temporal. "Si no hay luz y agua, no hay festival", resume Manolo mientras un operador descarga un generador industrial del tamaño de un coche pequeño.

Los primeros dos días de un montaje no son los más vistosos, pero son los que deciden si todo lo demás funcionará. Un error aquí —un cableado mal dimensionado, un punto de agua mal ubicado— se paga carísimo el sábado a las diez de la noche, cuando hay veinte mil personas y no se puede 'reinstalar' nada.

Riggeros, los acróbatas del acero

Cuando la estructura empieza a crecer, llega el momento más espectacular del montaje: el izado de la cubierta del escenario principal. Toneladas de aluminio y lona que suben coordinadas por una decena de riggeros, los especialistas que trabajan a pies de torre y, en muchos casos, colgados de ella.

Es un trabajo que combina fuerza, cálculo y una comunicación casi telepática. Un grito mal entendido aquí no es un problema: es un accidente. Por eso los protocolos de seguridad en altura son tan estrictos que a veces parecen exagerados. No lo son. "Cada arnés que vemos colgado del truss es una familia que duerme tranquila", nos dice una jefa de equipo con más horas de vuelo que un comandante de Iberia.

Mientras tanto, en el suelo, otro equipo pelea con el tendido de cables: kilómetros de línea que cruzan el recinto por debajo de pasillos y escenarios. Cada cable está etiquetado, mapeado y fotografiado. Perder la trazabilidad de un tendido es como perder el mapa de una ciudad entera.

Prueba de sonido: el momento de la verdad

El segundo día, con el recinto ya dibujado —vallas, barras, torres de seguridad, carpas— llega el momento que todos esperan: la prueba de sonido del cabeza de cartel. El camión del artista aparca tras el escenario, y durante horas, técnicos de sonido e iluminación, los del artista y los del festival trabajan en un diálogo constante que suena a mezcla de física y negociación.

El técnico de FOH (front of house) se sienta en su mesa en medio del recinto vacío, donde dentro de poco habrá un foso apretujado. Sube el volumen, prueba frecuencias, camina por el campo con un medidor de decibelios. "Aquí, con el viento del oeste, los graves se van hacia la urbanización", explica. Es literal: hay que diseñar la cobertura de sonido según de qué lado sopla la levante esa noche. El sonido de un festival al aire libre en Andalucía tiene un enemigo con nombre propio y viene del mar.

La gente detrás de la máquina

Pero si algo se lleva el recuerdo de estas 48 horas no son las estructuras, sino las personas. La técnica de iluminación que lleva 22 festivales a cuestas y conoce de memoria qué luces pide cada artista del cartel. El chaval de 19 años de la localidad vecina que entró de voluntario y ya firma contratos de rigging. La coordinadora de hostelería que sabe el nombre de los 300 trabajadores del backstage y les tiene preparado gazpacho para la comida del sábado.

Todos coinciden en algo: el momento en que se encienden las luces y el público entra, todo el cansancio acumulado durante días se convierte en otra cosa. "Nosotros ya hemos visto el espectáculo mil veces en el montaje, pero cuando entra la gente y suena el primer acorde, se me pone la piel de gallina igual que al primero de la cola", nos confiesa Manolo, ya con el walkie-talkie callado por primera vez en dos días.

Mirar el cartel con otros ojos

La próxima vez que entres al recinto y te parezca que todo está 'ahí', simplemente, recuerda esto: ese escenario principal ha sido izado a pulso por gente que no ha dormido; ese sonido que te pela las cejas en el foso se ha calibrado contra el viento de levante; y esa barra donde pides la cerveza fría está donde está porque alguien decidió que ahí fluiría mejor el público.

Un festival no empieza cuando suena el primer tema. Empieza cuando un tráiler se detiene en un campo vacío y un tipo con walkie-talkie señala: "por aquí, tira recto y aparca junto al generador". Todo lo demás —las luces, los acordes, los stories, la resaca del lunes— es solo la parte bonita de una historia mucho más larga.

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