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Cuando el cante jondo pisa el foso: el flamenco se apodera de los grandes escenarios

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Cuando el cante jondo pisa el foso: el flamenco se apodera de los grandes escenarios

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Hay algo profundamente andaluz en esta historia: un arte nacido en patios de vecindad y tabernas de madrugada que ahora llena recintos donde suenan decibelios de más y cervezas a cinco euros. El flamenco, ese género que durante décadas parecía vivir de espaldas a la industria festivalera, se ha convertido en uno de los grandes reclamos de los carteles del sur. Y no, no es una moda pasajera. Es un movimiento.

Del tablao al cartel principal

Basta mirar lo que está pasando en los festivales de medio país. Rosalía abrió la puerta —y la abrió de par en par— demostrando que un disco hecho con el flamenco en las entrañas podía sonar en los escenarios más grandes del planeta. C. Tangana, por su parte, hizo algo distinto pero igual de revelador: invitó a maestros de la guitarra flamenca y a figuras del cante a sus conciertos masivos, tratándolos como protagonistas y no como adorno folclórico.

Mientras tanto, nombres como Rocío Márquez, Niño de Elche o Tomás de Perrate han demostrado que el cante jondo puede dialogar con la música electrónica, el pop o la vanguardia sin perder un gramo de dignidad. En Andalucía, festivales de todos los tamaños han incorporado estas voces a sus programaciones, y el resultado es un público nuevo —joven, urbano, a veces sin ni siquiera saber qué es una bulería— descubriendo el género por la puerta grande.

La pregunta incómoda: ¿todo vale en los escenarios?

Ahora bien, seamos sinceros: no todo el mundo celebra esta revolución. En las peñas flamencas, esos templos del género donde el aficionado escucha con el silencio de una iglesia, hay recelo. Y es comprensible. Ver a un cantaor actuando mientras la mitad del público graba stories y la otra mitad conversa junto a la barra no es exactamente el contexto en el que el flamenco nació y creció.

Los puristas argumentan que el flamenco necesita cercanía, silencio, complicidad. Que un cante por soleá pidiendo respeto en un recinto de 30.000 personas es, cuando menos, complicado. Y llevan razón. Pero también es cierto que el género nunca ha estado quieto: del flamenco nació el flamenco fusión, de ahí el nuevo flamenco, y cada generación ha sido acusada de traicionar la tradición por la siguiente.

Las peñas, el corazón que sigue latiendo

Hay un detalle que a menudo se olvida en este debate: mientras los festivales se llevan los focos, las peñas de Andalucía siguen siendo el auténtico semillero del género. Allí, en Jerez, en Sevilla, en Lebrija o en Cádiz, es donde aprenden los jóvenes cantaores, donde se forja el compás, donde el flamenco se transmite como lo que es: una cultura de transmisión oral y comunitaria.

La relación entre ambos mundos no tiene por qué ser de sustitución, sino de retroalimentación. El festival descubre artistas; la peña los forma. El festival aporta visibilidad y público nuevo; la peña aporta raíz y conocimiento. Los mejores programadores de festivales andaluces ya lo han entendido, y cada vez son más los que colaboran con peñas locales para construir carteles con alma.

Un futuro con compás

Lo que está claro es que el flamenco no necesita permiso para evolucionar, y los festivales del sur han aprendido a su ritmo. La clave estará en que esta expansión masiva no diluya lo esencial: que el cante siga sonando con la verdad que lo hizo grande, ya sea ante cuatro aficionados en una peña de barrio o ante una marea de gente bajo las estrellas de julio.

Porque al final, como se dice en cualquier tabanco de Cádiz, el flamenco siempre ha sido eso: la capacidad de contar la verdad con la garganta. Y eso funciona igual de bien en un patio pequeño que en un escenario gigante. Siempre que no se olvide de dónde viene.

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